Ecología y abejas
Por Florencio Chicote
Director de la revista EL ZÁNGANO de
la Asociación Provincial de Apicultores Burgaleses
E. Mail:
asapibur@dueromail.zzn.com
SISTEMA DE REPRODUCCIÓN DE LAS
PLANTAS
La evolución de las plantas ha sido paralela a la evolución
de las abejas. A lo largo de cientos de millones de años, las plantas han ido
perfeccionándose y dotándose de todos aquellos "artilugios" necesarios para su
supervivencia en su medio natural y adaptándose a los cambios ambientales.
Muchas de las especies vegetales, de reproducción sexual, han ido perfeccionando
poco a poco sus sistemas reproductivos, hasta tal grado de eficacia que hoy
quedamos cautivados por la belleza de las flores con las que se visten multitud
de especies botánicas. En estas flores se hallan los órganos sexuales
responsables de la reproducción de las plantas. Por un lado, el gineceo u órgano
femenino, con sus ovarios y su estigma, conducto de unión entre ovarios y el
exterior; por otro, el androceo u órgano masculino, con el polen. Para que las
plantas de reproducción sexual se multipliquen, es necesario que produzcan
frutos que, a su vez, producirán semillas, algunas de las cuales tendrán la
oportunidad de dar origen a una nueva planta, que se encargará de perpetuar la
especie.
Una flor que contiene los elementos femenino y masculino, solamente será
fecundada si un grano de polen del androceo se de deposita en el estigma y sus
gametos masculinos discurren por el estilo y alcanzan el ovario de este órgano
femenino. Existen dos formas distintas por las que el polen llega hasta el
estigma: por el viento (plantas anemófilas) o por los insectos, (plantas
entomófilas). Algunas plantas de este último tipo, se han dotado de unos
sistemas muy sutiles para evitar la endogamia: la maduración del polen (elemento
masculino) y del gineceo (elemento femenino) de una misma flor, no tiene lugar
simultáneamente. Así, el polen maduro de una determinada flor solamente podrá
fecundar a una flor distinta, bien de la propia planta o de una planta diferente,
pero siempre de la misma especie, si sus óvulos se hallan en su estado de
madurez.
SIMBIOSIS ENTRE ESPECIES VEGETALES Y
ABEJAS
Existe una perfecta simbiosis entre plantas y abejas,
generando beneficio recíproco. Las plantas se dotan de sus flores, las cuales, a
través de sus colores y/o sus aromas atraen a las abejas, que recogen el néctar
y el polen: el néctar como base para la preparación del alimento energético de
todos los individuos de la colmena, y el polen como alimento proteico, a la vez
que necesario para la segregación de la cera con la que hacer los panales, y de
la jalea real para alimentar a la reina y a las larvas de obreras y zánganos.
Como pago a este servicio, las abejas hacen la importante labor de polinizar
esas flores. Ello sucede por que cuando una abeja visita una flor, los pelillos
que recubren su cuerpo se cubren con los microscópicos granos de polen de las
anteras, algunos de los cuales irán a parar al estigma de otra flor dando lugar
a su fecundación y a la producción del fruto y de sus semillas.
También hay otros insectos polinizadores, pero son las abejas en un 80 % las
responsables de la polinización de las plantas, dado su alto grado de
especialización.
EL GÉNERO HUMANO Y SU DEPENDENCIA
DEL REINO VEGETAL
Sin las abejas, muchas de las producciones agrícolas no
existirían o se mantendrían con unos rendimientos muy por debajo de los actuales
y con unos frutos de unas calidades muy inferiores a las normales. Tal es el
caso de casi todos los cultivos de frutas, verduras y semillas. Lo mismo puede
decirse de gran variedad de especies vegetales a las que no prestamos atención,
ya que no producen una rentabilidad económica inmediata o que ignoramos esta
rentabilidad, pero que, no obstante, son de un alto interés ecológico. Son
plantas de gran valor en los ecosistemas por su responsabilidad en cuanto a la
producción de oxígeno, regeneración de la atmósfera, propiciatorias de las
lluvias, evitadoras de la erosión de los suelos, barrera contra la
desertificación...
A todo lo dicho viene a sumarse el hecho incuestionable de que gracias a toda
esta vegetación, sostenida en gran medida por las abejas, existe toda una fauna,
con su enorme variedad de especies, que nos proporcionan carne, leche, huevos,
lana, pieles...
Nadie ignora que el género humano se sostiene, no gracias a los artilugios
mecánicos o a los preparados químicos que salen de las modernas factorías
industriales, sino a los productos del campo, ya sean vegetales o animales. La
humanidad ha subsistido durante decenas, centenas de milenios sin hacer uso
alguno de todos esos productos industriales que hoy nos parecen absolutamente
indispensables para la vida, olvidando hoy, a principios del siglo XXI, que lo
único verdaderamente vital es nuestra alimentación y nuestro vestido, todo lo
cual sale de la madre tierra, es decir, de los nobles frutos de la tierra como
son las plantas. La carne que consumimos es materia vegetal transformada por
ovejas, vacas, gallinas, etc. Incluso el pescado es tributario de las especies
vegetales, cuyas sustancias son transportadas por los ríos hasta los mares,
donde sufren nuevas transformaciones para que sean debidamente aprovechadas por
las especies marinas para su nutrición.
En nuestros días, dado el alto grado de intervención del hombre en todos los
procesos naturales de los reinos vegetal y animal, basado en la introducción de
productos químicos que hacen aumentar las producciones, se debilitan las
defensas naturales de todas y cada una de las especies, dejándolas a merced,
para su subsistencia, de los productos químicos de los laboratorios, con lo que
se cierra el ciclo insensato creado por el hombre y a todas luces atentatorio
contra el mundo natural en el que nos ha tocado vivir. En esta dinámica se halla
insertada también la actividad apícola, pues las abejas, después de la aparición
de determinada enfermedad en la década de los años ochenta, no pueden subsistir
por sí solas, estando necesitadas absolutamente de la ayuda del apicultor.
La polinización de las plantas a cargo del viento, de algunos insectos y
principalmente de las abejas, sigue siendo, hoy por hoy, un proceso natural.
Esperemos que por siempre, aunque con las previsibles futuras técnicas de
ingeniería genética no sabemos hasta cuándo esto será así.
Con los actuales intercambios comerciales y el consiguiente tráfico de plantas,
semillas y especies animales, desaparecen las barreras naturales (cordilleras
montañosas, desiertos, mares y océanos), convirtiendo a todo el globo terráqueo
en un cajón de mezclas, donde se entremezcla todo lo bueno y todo lo malo (más
lo malo que lo bueno) a una velocidad vertiginosa, con lo que se transmiten todo
tipo de enfermedades y patologías.
Con todo lo expuesto, queda claro que para que la humanidad pueda subsistir, es
necesario que haya gran diversidad de especies animales y vegetales, muchas de
las cuales no pueden perpetuarse sin el concurso de las abejas, y que éstas
solamente continuarán en la Tierra con los cuidados del apicultor.
HÁBITOS SOCIALES
En Europa se consume más miel de importación que autóctona,
siendo China, Argentina, México y algunos otros países los principales
proveedores, con unas mieles de inferior calidad que las nacionales y con unos
costos de producción mucho más bajos que los europeos, dadas sus condiciones
climatológicas favorables y el bajo nivel de vida (salarios más bajos) los
principales factores de estos bajos precios. La importación de mieles de China
está prohibida en Europa desde Enero de 2002 por haberse constatado la
existencia de sustancias contaminantes. No se sabe hasta cuándo persistirá esta
prohibición.
Las mieles de importación pueden ser detectadas por el consumidor en los puntos
de venta al público por dos vías diferentes:
En la etiqueta aparece, en letra pequeña, la mención: MIEL DE DIVERSOS PAÍSES.
Se presentan en estado permanentemente líquido debido a los tratamientos térmicos y a las manipulaciones industriales a las que han sido sometidas por parte de las industrias envasadoras, sin el aspecto cremoso, sólido o pastoso propio de las mieles autóctonas adquiridas directamente al apicultor.
Una vez aplicados los márgenes comerciales de los grandes importadores y envasadores de miel, los precios de estas mieles de importación aparecen al público en unos niveles ligeramente más bajos que los de las mieles autóctonas.
En el medio rural, y en menor medida en las ciudades, existen
una serie de consumidores que saben muy bien diferenciar las cualidades de las
mieles locales y las industriales de importación, estando dispuestos a pagar un
precio superior por las primeras. Hay otro sector de consumidores, a quienes no
les importa (casi siempre por desconocimiento de las diferencias entre unas y
otras mieles) la calidad, el origen, el aspecto, etc. , interesándoles
únicamente el precio, con lo que optan por las mieles industriales. También son
muchas las personas que prefieren mieles líquidas por su mayor facilidad en el
manejo a la hora de consumirla, pero puede constatarse que este sector de
consumidores no es consciente de las diferencias en las calidades.
Podríamos resumir diciendo que existen dos tipos de consumidores de miel:
Consumidores de mieles locales, con precio más alto, que saben apreciar las sutilezas de sus aromas, sus sabores y su textura, así como sus cualidades nutritivas y terapéuticas superiores.
Consumidores de un producto de baja calidad y precio más asequible y que se maneja con mayor facilidad en la cocina, salvo que se quiera comer unas tostadas de pan con miel.
El público debe saber que todas las mieles, por su naturaleza, son líquidas cuando se sacan de los panales y que con el paso del tiempo y el descenso de las temperaturas, se espesan y que dependiendo de su origen botánico, se quedarán más o menos duras y en un plazo mayor o menor. Hay dos excepciones, que corresponden a las mieles de acacia y de castaño, que permanecen líquidas de forma natural. También debe saber el público consumidor, que las mieles que permanecen constantemente líquidas, salvo las dos excepciones citadas, es por que han sido calentadas a altas temperaturas por los envasadores con lo que el producto queda desvirtuado, perdiendo gran parte de sus propiedades genuinas y quedando únicamente un producto dulce, pero sin muchas de las sustancias volátiles que confieren a las mieles sus más valiosas propiedades.
CONCLUSIONES
Cuando en un hogar se compra un tarro de miel, se está con ello colaborando al sostenimiento de la vida vegetal, con todas las consecuencias para el mundo animal y a la existencia de la humanidad.
Si se ha comprado un tarro de miel que se conserva líquida en cualquier época del año, se estará, casi con toda seguridad, ayudando a la vegetación de la Argentina, China u otros países muy lejanos. Lo mismo sucede si en la etiqueta del tarro existe la mención: Miel de países diversos.
Si ese tarro que se ha comprado es de miel sólida o pastosa, o si aún siendo fluida ha sido adquirida directamente del apicultor a las pocas semanas de la cosecha, se estará ayudando al desarrollo de las especies vegetales de la zona, o cuando menos, de la provincia o de la propia región natural.
Los apicultores solamente podrán subsistir si siguen existiendo esos consumidores de miel que exigen calidad.
Se acaba de ver cómo hechos aislados se encadenan y acaban formando un entramado de un calado enorme. La simple compra de un tarro de miel producida en tu zona, es un eslabón fundamental en la cadena ecológica.
El conjunto de la sociedad, todos aquellos que se sienten
ecologistas, los agricultores y los apicultores como los más directamente
implicados, nos hallamos en deuda con esas personas que compran un tarro de miel
autóctona.
Gratitud especial merecen aquellas personas que, además de introducir en la
dieta de sus familias un producto natural de cualidades tan excepcionales, están
haciendo una importantísima labor ecológica, pues a ellas se debe el que siga
habiendo esos apicultores que cuidan de las abejas encargadas de polinizar la
vegetación autóctona.
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